jueves, 18 de agosto de 2005

Sólo unas palabras para compartir. . . Segunda parte - Pilar Zúñiga

Creo que para mí la música fue siempre sinónimo de felicidad.
Entonces... todo aquello que se hace por puro amor, con el deseo inconsciente de reconciliarse con la parte más feliz de sus vivencias para, con tesón y entrega, potenciarlas al máximo, cobra especial sentido.
Si estamos convencidos de que todos los matices del alma humana tienen un por qué, que debe ser atendido y entendido.
Si estamos convencidos de que lo que hacemos es lo más hermoso del mundo.
Si estamos convencidos de que lo que hacemos, lo hacemos bien y desde hace ya mucho tiempo, llega el momento en que sentimos el deber de compartir...; porque será la nuestra una nueva experiencia valiosa a conocer.
Con la intensidad, con la intención y la certeza de “profesar” como un sacerdocio nuestra formación musical, lo poco o mucho que, sabemos, va a procurar al mundo una cultura de paz.
Porque en lo personal, sabemos que hemos aprendido mucho más entregando nuestras interpretaciones al público que ensayando; respondiendo las preguntas de los auditores, que dictando una charla; enseñando, que recibiendo clases, pues eso nos ha permitido contrastarnos, ponernos en evidencia, en fin… relacionarnos.
Hay un sector de gente del país que sigue trabajando para formar almas sensibles; para que cuando la felicidad de verdad llegue, no encuentre desprevenido a nuestro espíritu. Para buscar los múltiples matices que la vida nos ofrece; para crear ...sí, para creer y crear; para canalizar toda la energía de adultos, jóvenes y niños hacia ese mundo mejor al que todos aspiramos: para poder regocijarnos en la apreciación de la belleza en todas sus expresiones.
Los "artistas docentes”, quienes tenemos en nuestras manos la oportunidad singular de formar ciudadanos desde la concepción, a través de sus padres, y durante toda su formación personal, desarrollando capacidades, destrezas, sensibilidades y, lo más importante, espíritus libres con valores firmemente establecidos, estamos obligados a decir claramente lo que pensamos.
 Desgraciadamente, a lo largo de los años hemos venido corroborando que cada persona, en nuestro país, y en otros muchos más que sufren de este reparto inequitativo de la riqueza, tiene un “techo” al que deberá llegar.
Esta es una palmaria realidad en nuestro tan querido como herido país.
Sólo teniendo la convicción de que la educación es la herramienta más valiosa para conseguir esa igualdad de oportunidades que queremos para los niños y niñas nacidas a lo largo y ancho de todo el Perú, podremos lograr la solidez en principios que nos permita ser exigentes con los formadores de nuestros hijos y, más aún, exigentes con nosotros mismos.

Pilar Zúñiga

Introducción del libro Musicresciendo: Música para un mundo mejor

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