jueves, 18 de agosto de 2005

Sólo unas palabras para compartir. . . Primera parte - Pilar Zúñiga

Para mí es imposible no recordar y dejar constancia de los años más tiernos y felices de mi vida durante los cuales disfruté de una herencia musical familiar privilegiada.
Canciones de todos los estilos a mi alrededor.
Una abuela con rigurosos estudios de piano que hacía con sus vales criollos estilizados, las delicias de la inmensa familia materna que se reunía alrededor de cualquier ocasión que justificara una fiesta.
Bailar, cantar, celebrar! Los carnavales, la Bajada de Reyes, los cumpleaños, el día de la canción criolla, todo, creaba un ambiente de expectativa tan grande entre nosotros observando los preparativos en los que asumo, desde ese momento mis hermanos y yo comenzábamos a tomar conciencia de lo que luego en los libros reconoceríamos como el “gran teatro del mundo”.
Tuvimos el privilegio de gozar de una familia extensa muy musical y escuchar de todo.
Los tangos y los fox trots que le gustan a mi tío Carlos. En realidad le gusta todo. El rock, a mi tío Mauricio.
La música de la Sonora Matancera interpretada por la banda de los amigos de mi tío Lalo que, por supuesto, ensayaban en la casa. Se ufanaban de tener unas congas, unos gemelos, una guitarra, un cencerro… y mucho entusiasmo.
Mi papá era el amante de la música selecta y de los Románticos de Cuba. Había que escuchar en silencio o pasar calladitos si queríamos despedirnos “hasta mañana”.
Mi mamá, cantando siempre, sola o al bebe que tenía entre los brazos (somos siete hermanos); o en la improvisada escuela que ella creó en casa para nosotros: para aprender, divertirnos y divertirse mucho ella también, estoy segura. Voz privilegiada. Tenemos un repertorio envidiable de canciones en nuestro haber, gracias a ella. Después de mucho tiempo, nos dimos cuenta que la mayoría era “de su propia inspiración”….o desesperación??? . No llegaré a saberlo nunca.
Pero si era buena para el canto, más lo era para el baile. Nosotros hacíamos indistintamente de hombre o mujer cuando ella nos enseñaba, cantando “Negra…negra consentida… negra de mi vida….” los danzones. La conga no nos era ajena: ella nos hacía la coreografía: 1, 2, 3, ahh!; 1, 2, 3, ahh! La marinera limeña era la tradición en casa.
Mi madre, una limeña mazamorrera de los pies a la cabeza nos enseñaba a esperar que empiece “el canto”, para ir avanzando y dar la vuelta quedando al lado opuesto de donde empezáramos. Mover el pañuelo, coquetear con la pareja; el escobilleo que a ella le salía (le sale) de maravilla. (Eran unas clases de Apreciación Musical completas) Y su arenga de “diente, diente, diente” para que sonriéramos. Qué maravillosa mujer! A veces tengo la impresión de que nosotros fuimos sus mejores parejas, porque mi papá no era muy dado al baile.
De vez en cuando, siempre divertida ella, se aparecía con un “mantón de Manila” o una “sombrilla de encaje y seda”, cantando con su voz de soprano lírica y esos sus inmensos hoyuelos que iluminaron nuestros primeros días y que todas hubiésemos querido heredar. Nosotros sabíamos las letras completas de cosas que no entendíamos; pero tan dedicada actriz se daba maña para que, siguiendo sus gestos, el mundo de la comprensión por contexto funcionara a las mil maravillas.
Hummmmm! Olvidaba al tío Abel, el mayor, que trabajaba en el campo; y que de regreso de la chacra, a más de traer toneladas de sacos de verdura para toda la familia (bueno… a nosotros nos parecían toneladas) traía consigo un nuevo baile aprendido en las fiestas de la zona a la que hubiese tenido que viajar.
¡Cómo podía distinguir cada huayno, cada marinera,… las pandillas! Hay que ver hasta hoy a ese señor de semblante tostado por el sol del campo y oxigenado para siempre con unas mejillas de manzana bailando con sus hijas como pareja.
La tía Tila, la eterna enamorada, cantaba y dejaba que le cantaran al oído “Júrame”, “Bésame mucho”, “Vereda tropical”. Pobre de aquel que se le acercara que no supiera bailar la marinera limeña como se pide, y que no cantase como Lucho Gatica, por lo menos.
Y entonces… digo yo… como mi gran amiga Mafalda…
¿Existiría alguna razón en mi formación de vida para no haber abrazado esta mi profesión de música?

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