jueves, 18 de agosto de 2005

El cerebro de tu hijo - Pilar Zúñiga

Las experiencias de la niñez ayudan a que las neuronas utilizadas se conviertan en circuitos del cerebro.
"Las experiencias tempranas son muy importantes", dice el neurobiólogo pediátrico Harry Chugani de la Universidad Wayne State.

Las investigaciones recientes nos demuestran que las experiencias de la niñez, ayudan a formar los circuitos del cerebro (sinapsis, para los entendidos) tanto para la música y matemáticas, así como también para el lenguaje y las emociones.

"Cuando un bebé viene al mundo su cerebro tiene millones y millones de neuronas esperando ser interconectadas unas a otras. Algunas neuronas ya se han conectado (…) formando circuitos que controlan la respiración, los latidos del corazón, regulación de la temperatura corporal o producción de reflejos." 

"Pero… trillones de neuronas más esperan esa conexión"!!! 
Ellas son puras y de casi un potencial infinito. 
Circuitos no programados que un día podrán 
componer música 
y/o hacer cálculos.
Carlos Emilio tocando batería a los cuatro meses


Si las neuronas son usadas, ellas se convierten en circuitos integrados del cerebro al conectarse con otras neuronas. 
Si no son usadas podrían morir.
Seríamos capaces de permitir esto, si ya lo sabemos???

Si sabemos que cada aspecto del crecimiento del cerebro de nuestro hijo tiene un tiempo en el que lo debemos atender?

Sólo unas palabras para compartir. . . Segunda parte - Pilar Zúñiga

Creo que para mí la música fue siempre sinónimo de felicidad.
Entonces... todo aquello que se hace por puro amor, con el deseo inconsciente de reconciliarse con la parte más feliz de sus vivencias para, con tesón y entrega, potenciarlas al máximo, cobra especial sentido.
Si estamos convencidos de que todos los matices del alma humana tienen un por qué, que debe ser atendido y entendido.
Si estamos convencidos de que lo que hacemos es lo más hermoso del mundo.
Si estamos convencidos de que lo que hacemos, lo hacemos bien y desde hace ya mucho tiempo, llega el momento en que sentimos el deber de compartir...; porque será la nuestra una nueva experiencia valiosa a conocer.
Con la intensidad, con la intención y la certeza de “profesar” como un sacerdocio nuestra formación musical, lo poco o mucho que, sabemos, va a procurar al mundo una cultura de paz.
Porque en lo personal, sabemos que hemos aprendido mucho más entregando nuestras interpretaciones al público que ensayando; respondiendo las preguntas de los auditores, que dictando una charla; enseñando, que recibiendo clases, pues eso nos ha permitido contrastarnos, ponernos en evidencia, en fin… relacionarnos.
Hay un sector de gente del país que sigue trabajando para formar almas sensibles; para que cuando la felicidad de verdad llegue, no encuentre desprevenido a nuestro espíritu. Para buscar los múltiples matices que la vida nos ofrece; para crear ...sí, para creer y crear; para canalizar toda la energía de adultos, jóvenes y niños hacia ese mundo mejor al que todos aspiramos: para poder regocijarnos en la apreciación de la belleza en todas sus expresiones.
Los "artistas docentes”, quienes tenemos en nuestras manos la oportunidad singular de formar ciudadanos desde la concepción, a través de sus padres, y durante toda su formación personal, desarrollando capacidades, destrezas, sensibilidades y, lo más importante, espíritus libres con valores firmemente establecidos, estamos obligados a decir claramente lo que pensamos.
 Desgraciadamente, a lo largo de los años hemos venido corroborando que cada persona, en nuestro país, y en otros muchos más que sufren de este reparto inequitativo de la riqueza, tiene un “techo” al que deberá llegar.
Esta es una palmaria realidad en nuestro tan querido como herido país.
Sólo teniendo la convicción de que la educación es la herramienta más valiosa para conseguir esa igualdad de oportunidades que queremos para los niños y niñas nacidas a lo largo y ancho de todo el Perú, podremos lograr la solidez en principios que nos permita ser exigentes con los formadores de nuestros hijos y, más aún, exigentes con nosotros mismos.

Pilar Zúñiga

Introducción del libro Musicresciendo: Música para un mundo mejor

Sólo unas palabras para compartir. . . Primera parte - Pilar Zúñiga

Para mí es imposible no recordar y dejar constancia de los años más tiernos y felices de mi vida durante los cuales disfruté de una herencia musical familiar privilegiada.
Canciones de todos los estilos a mi alrededor.
Una abuela con rigurosos estudios de piano que hacía con sus vales criollos estilizados, las delicias de la inmensa familia materna que se reunía alrededor de cualquier ocasión que justificara una fiesta.
Bailar, cantar, celebrar! Los carnavales, la Bajada de Reyes, los cumpleaños, el día de la canción criolla, todo, creaba un ambiente de expectativa tan grande entre nosotros observando los preparativos en los que asumo, desde ese momento mis hermanos y yo comenzábamos a tomar conciencia de lo que luego en los libros reconoceríamos como el “gran teatro del mundo”.
Tuvimos el privilegio de gozar de una familia extensa muy musical y escuchar de todo.
Los tangos y los fox trots que le gustan a mi tío Carlos. En realidad le gusta todo. El rock, a mi tío Mauricio.
La música de la Sonora Matancera interpretada por la banda de los amigos de mi tío Lalo que, por supuesto, ensayaban en la casa. Se ufanaban de tener unas congas, unos gemelos, una guitarra, un cencerro… y mucho entusiasmo.
Mi papá era el amante de la música selecta y de los Románticos de Cuba. Había que escuchar en silencio o pasar calladitos si queríamos despedirnos “hasta mañana”.
Mi mamá, cantando siempre, sola o al bebe que tenía entre los brazos (somos siete hermanos); o en la improvisada escuela que ella creó en casa para nosotros: para aprender, divertirnos y divertirse mucho ella también, estoy segura. Voz privilegiada. Tenemos un repertorio envidiable de canciones en nuestro haber, gracias a ella. Después de mucho tiempo, nos dimos cuenta que la mayoría era “de su propia inspiración”….o desesperación??? . No llegaré a saberlo nunca.
Pero si era buena para el canto, más lo era para el baile. Nosotros hacíamos indistintamente de hombre o mujer cuando ella nos enseñaba, cantando “Negra…negra consentida… negra de mi vida….” los danzones. La conga no nos era ajena: ella nos hacía la coreografía: 1, 2, 3, ahh!; 1, 2, 3, ahh! La marinera limeña era la tradición en casa.
Mi madre, una limeña mazamorrera de los pies a la cabeza nos enseñaba a esperar que empiece “el canto”, para ir avanzando y dar la vuelta quedando al lado opuesto de donde empezáramos. Mover el pañuelo, coquetear con la pareja; el escobilleo que a ella le salía (le sale) de maravilla. (Eran unas clases de Apreciación Musical completas) Y su arenga de “diente, diente, diente” para que sonriéramos. Qué maravillosa mujer! A veces tengo la impresión de que nosotros fuimos sus mejores parejas, porque mi papá no era muy dado al baile.
De vez en cuando, siempre divertida ella, se aparecía con un “mantón de Manila” o una “sombrilla de encaje y seda”, cantando con su voz de soprano lírica y esos sus inmensos hoyuelos que iluminaron nuestros primeros días y que todas hubiésemos querido heredar. Nosotros sabíamos las letras completas de cosas que no entendíamos; pero tan dedicada actriz se daba maña para que, siguiendo sus gestos, el mundo de la comprensión por contexto funcionara a las mil maravillas.
Hummmmm! Olvidaba al tío Abel, el mayor, que trabajaba en el campo; y que de regreso de la chacra, a más de traer toneladas de sacos de verdura para toda la familia (bueno… a nosotros nos parecían toneladas) traía consigo un nuevo baile aprendido en las fiestas de la zona a la que hubiese tenido que viajar.
¡Cómo podía distinguir cada huayno, cada marinera,… las pandillas! Hay que ver hasta hoy a ese señor de semblante tostado por el sol del campo y oxigenado para siempre con unas mejillas de manzana bailando con sus hijas como pareja.
La tía Tila, la eterna enamorada, cantaba y dejaba que le cantaran al oído “Júrame”, “Bésame mucho”, “Vereda tropical”. Pobre de aquel que se le acercara que no supiera bailar la marinera limeña como se pide, y que no cantase como Lucho Gatica, por lo menos.
Y entonces… digo yo… como mi gran amiga Mafalda…
¿Existiría alguna razón en mi formación de vida para no haber abrazado esta mi profesión de música?